Al día siguiente quiso repetir la experiencia (casi espiritual) pero como todas las primeras veces, la segunda no es igual. No entristeció, “es por lógica” pensó, esperaré a la siguiente esperanza. Y siguió con su vida triangular.
En su búsqueda del sentimiento, llegó a una tarde vaporosa y colosal, de esas de las que dan ganas de sacarles una foto, por lo hermosas y raras que son. Pues, sentada, en un banco en medio de la enramada. Lo vio venir, como un pez ve llegar una ola, como una gaviota ve el mar, así vio ella ese sentimiento cristalizarse en la puesta de sol, y ese sol llevándoselo consigo, arrancándolo del cielo, arrastrándolo hacia sí, por un momento se sintió realmente triste, pero después volvió a la realidad, “es por lógica” pensó, ya otro vendrá. Y volvió a su vida triangular.
Más cerca que de lejos conoció el mar. Su humor salado, el cielo diáfano y su inmensidad la invitaron a caminar. Los pies hacían el camino, las olas un murmullo y ella de vuelta a soñar…
Al quedarse en un pensamiento profuso, lo vio llegar, como la muerte a la libertad, como la libertad al recluso. Pero así como vino así se fue, no pensó en ello, “ya otro vendrá, y lo disfrutaré cual si fuera el primero” pensó. Y volvió a su vida triangular.
Entre estos lapsos podían pasar semanas, días, incluso años. Pero valía la pena esperar. Por un minuto de añoranza o un minuto de soledad. Es difícil describirlo, para aquellos que no lo han sentido, pero se parece a vivir un momento de paz. Así ella, se pasaba la vida. En su vida triangular.